El sábado por la noche cogí mi carro (¿?) y pasé a buscar a mi amigo Nicolás –incansable compañero de ruta que a fin de año se pasará al bando de los casados-, para dirigirnos sin escalas a un pequeño barcito situado en la zona norte del Conurbano bonaerense, y que el futuro esposo me había recomendado en innumerables oportunidades.
De esta forma, mientras conducía y argumentaba acaloradamente sobre el daño irreversible que le asestan a la condición humana el carnaval carioca y los temas pachangueros de La Mosca, arribamos a Cunningham (Alvear 303, Martínez).
El bar está pegado a la estación Martínez del Ferrocarril Mitre. Así es como desde las mesas que se encuentran ubicadas en su parte posterior puede observarse el monótono traqueteo de esos gigantes de acero. Este detalle le otorga cierto aire suburbano y nostálgico al lugar. ¡En las estaciones de tren y en los aeropuertos se llora más que en los cementerios! Inmediatamente recordé la preciosa escena del secreto de sus ojos en que el personaje interpretado por Soledad Villamil corre tras el vagón donde se alejaba un Ricardo Darín magistral.
Mi amigo ya me estaba mirando raro y, ante la posibilidad de recibir un sonoro soplamoco en la nuca, decidí poner fin a las ensoñaciones sobre andenes, aeropuertos y amores postergados para retomar mis apuntes sobre la barra.
Cunningham definitivamente no cultiva el estilo ultrafashion de otros bares que se encuentran situados sobre el corredor de Av. Libertador. Por el contrario, es una pequeña esquina de frente de ladrillo a la vista e interior revestido de madera, todo de perfil muy bajo y luces tenues, ideal para parejas, amigos en plan de charla tranquila o personas solitarias que se acomodan para disfrutar de un buen trago y dialogar con el bartender.
Y si de beber se trata… les cuento que la carta cuenta con casi 40 etiquetas de Whisky y una impresionante selección de cervezas nacionales e importadas -Beck´s Gold, OranjeBoom, Duvel, Erdinger, entre muchas otras-.
También existe una buena carta de tragos clásicos, a base de una nutrida barra de esprirituosas. Encontré con agrado, escondido tímidamente entre muchas otras botellas, el Gin Blue Ribbon ($45).
Hablando de calidad, el bartender me mostró una botella que se encuentra fuera de carta y hay que pedir especialmente: el excelente gin Martin Miller. ¿Sabían que el destilado se envía a Islandia para mezclarse con sus aguas por ser consideradas más puras y blandas? Ahora que les tiré el dato, espero me inviten una vuelta… ¡al menos una!.
Promediando la noche emprendimos el retorno a casa. Durante el viaje acordamos con Nicolás que si la barra de una fiesta de casamiento es buena, dificilmente la fiesta sea mala… hacia el final del viaje, el carnaval carioca ya no parecía estar tan mal.

Epa, epa, al señor “Oasis” no le gusta La Mosca. Seguro también sos de los que se queja cuando en el carnaval carioca suenan Los Auténticos Decadentes.
Un bar más, otra barra “catada”. Una gran felicidad haberlo hecho con un gran tipo, y grandísimo amigo. Abrazo.
Noe : Los decadentes son los Beatles al lado de La Mosca.
Nico : El placer es enteramente mío. Siempre.
Gracias por la data. La verdad no lo conocía. Optaré por Martínez, en vez de San Isidro…
Otra onda, Marisa. Un poco más intimista y descontracturado que sus vecinos paquetes. Beso!
Muy buen aporte Jose Luis!
Gracias, Sole!